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viernes, 17 de octubre de 2014

SIDI BOU SAID. El tesoro del Mediterráneo.


El Mediterráneo guarda lugares sorprendentes. Uno de esos sitios se encuentra a pocos kilómetros de la histórica ciudad de Cartago. Es el espléndido pueblo de Sidi Bou Said. Frecuentado en la actualidad por miles de turistas, que llegan desde los resorts ubicados en la costa o los formidables cruceros que fondean en aguas tunecinas, ha sido en diversas épocas punto de encuentro de místicos, pensadores, músicos, escritores, cineastas y artistas plásticos. Por este motivo, atesora un estimable acervo cultural forjado desde la Edad Media hasta nuestros días.  
Encaramado en una atalaya natural sobre el golfo de Túnez, su privilegiada localización permite contemplar La Goulette, el Cabo Bon (donde se libró una señalada batalla naval en la II Guerra Mundial) y las montañas del Atlas Telliano. Diríase que la luz, el color y la magia del Mediterráneo se hubieran congregado en Sidi Bou Said. Sus fachadas encaladas de un blanco impecable, así como sus musharabiyas (ventanas con celosías), rejas forjadas o vistosas puertas claveteadas recubiertas de un añil característico, compiten con el sol y el mar para proporcionar a la villa una luminosidad que atrapa a quienes se dejan seducir por su singular belleza.





En tiempos de Aníbal fue sólo una torre construida para vigilar la costa. Djebel el Manar o Montaña del Faro era su nombre cuando en las postrimerías del siglo XII, siendo ya una ciudadela, llegó un morabito o místico llamado Abu Saed. Meditación, espiritualidad y debates teológicos hicieron de este paraje un centro de retiro para numerosos y venerados ascetas. Sobre la tumba del santón se construyó en su día un mausoleo, el cual fue incendiado en 2103 por radicales salafistas. Los vecinos fueron los primeros en salir a apagar el incendio. El monumento se restauró con posterioridad para que podamos admirarlo de nuevo y degustar EL bamballoni, una especie de churro que venden en la entrada del santuario. Cuentan también las crónicas que finalizada la Reconquista en la península ibérica, algunos musulmanes del extinto Al-Andalus comenzaron en Sidi Bou Said una nueva vida.
A partir del siglo XVIII familias notables y pudientes erigieron aquí sus residencias de verano. Más tarde, a finales del XIX, la localidad adoptó el nombre del místico sufí. Pero si este lugar mantiene hoy intacta su personalidad se lo debemos al barón Rodolphe d´Erlanger, pintor y musicólogo especialista en música árabe, que en 1912 se estableció en Sidi Bou Said. El barón se convirtió pronto en un activista a favor de conservar el pueblo con su aspecto más tradicional. En 1915 consiguió que se promulgara un decreto para proteger la identidad y fisonomía de la villa de posibles agresiones urbanísticas e instaurar, así, sus distintivos colores azul y blanco con los que aún se decoran sus edificaciones.







La influencia de la familia d´Erlanger fue más allá. La nuera de Rodolphe, la baronesa Edwina, proveniente de una humilde familia norteamericana, conservó contra viento y marea el palacio Ennejma Ezzahra (Estrella de Venus) construido por su suegro. Un tesoro dentro de ese tesoro que es Sidi Bou Said. En su apogeo, perfumistas y modistos de París abrieron tiendas por estos lares para extranjeros adinerados, la mayoría franceses, que pasaban el verano en este rincón exclusivo de benévolo clima descrito por algunos como un Saint Tropez tunecino.
Dejando a un lado estos avatares, reconocidos artistas e intelectuales escogieron Sidi Bou Said atraídos por la peculiar atmósfera que irradia esta población a orillas del Mediterráneo. El mismo ambiente con olor a jazmín, menta, miel o canela que captaron los pinceles de Auguste Macke, Giacometti y Paul Klee. En su emblemático Café des Nattes celebraron sus tertulias Oscar Wilde, Maupassant, André Gidé, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre o el arquitecto Le Corbusier. Otro famoso local es el Café Sidi Chabaâne, nombre de un prestigioso músico, místico y poeta que tuvo allí su zawiya
En este lugar extraordinario todavía puede escucharse el célebre “maluf” de origen andalusí y caminado por sus sinuosas callejuelas empedradas, entre galerías de arte, tiendas de antigüedades, artesanía, marroquinería o venta de plata, es posible percibir la profunda huella de Túnez en la cultura mediterránea.








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