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jueves, 11 de diciembre de 2014

LA PENÍNSULA ANTÁRTICA. El hielo eterno


Nadie se levanta un día y, sin haberlo pensado antes, se va a la Antártida. Hacerlo es, siempre, cumplir con un sueño, con una ilusión que se puede haber forjado muchos años antes, cuando la mente viajaba sin trabas al más lejano de los continentes lejanos. Ese que, para verlo, requería levantar el globo terráqueo de la escuela porque no aparecía solamente con girarlo. Pero la Antártida que vemos en los mapas no reproduce la forma del continente sino la del campo de hielo permanente que existe sobre él. Si se deshiciera, aparecería un continente con límites completamente diferentes. Por ejemplo, la Península Antártica sería una isla. La Antártida es una realidad diferente a lo que las apariencias nos dejan ver.
Por todo ello, la primera visión de un pedazo de esta Península Antártica tiene mucho de ilusión cumplida, y no es sólo una cuestión del largo viaje que hay que realizar para satisfacerla. Primero hay que viajar a Ushuaia, la ciudad más meridional del planeta, donde se supone que todo acaba, y allí saltar a un barco que recorrerá el canal de Beagle y luego pasará junto al mítico cabo de Hornos antes de enfrentarse a las corrientes traicioneras del Pasaje de Drake. Esta extensión de agua, donde se mezclan de forma normalmente poco tranquila el Pacífico y el Atlántico, tiene entre los marinos la reputación de ser la más turbulenta y peligrosa del mundo. El Pasaje de Drake es solo la última prueba iniciática antes de llegar al destino deseado: la Antártida.




Bañarse en el Antártico
La Antártida es una realidad difusa que parece encajar bien con la de los sueños. La Antártida es el fin del mundo, y realmente lo más parecido que hay a otra realidad, a otro mundo sobre la superficie de la Tierra. Los datos lo confirman: es el continente más frío, el más seco, el más alto, el más ventoso, el lugar en el que se ha registrado la temperatura más baja del planeta. También el único en el que no se han desarrollado culturas nativas, en el que nunca ha habido guerras y donde, hasta hace pocos años, no había nacido nadie. Es el continente más extraño, el más insólito, el más solitario.
Atravesar el Pasaje de Drake puede llevar 36 horas en los modernos y potentes barcos actuales. Y después, pasado ese trance, en algún momento se oye la voz del jefe de expedición avisando de que próximamente se llegará a isla Decepción, donde se hará el primer desembarco. Curiosamente, en la isla Decepción no hay glaciares ni montañas de hielo, ya que es la parte superior del cráter de un volcán que mantiene su actividad y, por tanto, su temperatura es muy superior a la de otras islas cercanas. Su forma peculiar, la de una rosquilla a la que alguien parece haberle dado un mordisco, la convirtió en un puerto perfecto que fue aprovechado por los balleneros que se adentraban en su interior tranquilo donde, además, disponían de agua caliente. Por eso, en isla Decepción es posible cumplir con el inverosímil sueño de bañarse en las gélidas aguas del océano Antártico.



Las bondades de la Península Antártica
Los días siguientes de la expedición permiten acercarse a diferentes lugares de la Península Antártica. Es aquí donde es más fácil, por una pura cuestión de proximidad al resto del mundo, visitar el continente helado. También es el más propicio y el más interesante. En esta península el paisaje es más variado y más agreste que en el resto de la Antártida, donde predominan las planicies de hielo de la meseta polar, la línea de costa es un frente continuo de hielo de 50 metros de altura y hay pocos espacios o playas libres para desembarcar. En la Península, en cambio, la costa es irregular, las montañas surgen directamente desde el mar y abundan las playas y los puertos naturales libres de hielo. Por eso mismo aquí están muchas de las estaciones científicas que diferentes países han instalado en la Antártida. La única presencia humana en este mundo helado.
El viaje sigue siendo una aventura, y el programa es solo una declaración de intenciones. Las visitas previstas pueden suprimirse a última hora por el estado del mar, por los vientos o por la presencia de icebergs que hacen imposible el desembarco. El viajero está inmerso en una naturaleza extrema, donde es necesario adaptarse a las condiciones climatológicas y estar dispuesto a modificar los planes de viaje en cualquier momento. Por ello, tan importante como los descensos a tierra es contemplar lo que se despliega delante del barco: el paisaje deslumbrante del estrecho de Gerlache –por el que se navega entre bloques de hielo–, la visión de un grupo de pingüinos agolpados sobre lo alto de un iceberg o el vuelo majestuoso de un albatros errante, el ave de mayor envergadura de todo el mundo. Son imágenes que se fijan de manera indeleble en la memoria.




Reductos humanos en el continente helado
También hay momentos en los que la experiencia de la naturaleza pura se mezcla con la historia de la escasa presencia humana. Como en Wiencke Island, donde se desembarca en la antigua base británica de Port Lockroy, convertida ahora en un museo que permite revivir las condiciones de vida de los investigadores que se instalaban hace décadas en estas soledades. O en bases que siguen en uso, como la ucraniana Akademik Vernadsky, en la isla Galíndez. A su alrededor permanecen los campos de hielo, el viento, las focas, las ballenas y las aves marinas. También, como en pocos lugares del mundo, la soledad y el silencio.









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